
Gerardo Taracena fue un portador de rostro, cuerpo y voz para una historia que intentaron borrar. En Apocalypto, su presencia fue fuerza viva, encarnando al guerrero que no se quiebra. Su actuación no imitó a nuestros ancestros: los recordó. Caminó el cine con respeto, entrega y constancia, sosteniendo una memoria pesada.
Hoy su partida no es ausencia, es eco, enseñanza y huella. Fue y seguirá siendo un guerrero del relato, enseñándonos a mirar nuestro origen sin miedo.
«Algunos hombres no se van: se convierten en memoria que camina con nosotros.»
¡Descanse en paz!

